Lo desconocido del famoso 5 - 0

|   Opinion

Por: Germán Vargas Morales (*)

 

Hace 25 años, el 5 de septiembre de 1993, Colombia debía empatar o ganar su partido contra Argentina en Buenos Aires, para clasificar a la Copa Mundo de la FIFA de Fútbol 1994 en Estados Unidos. La expectativa era enorme en el país, además coadyuvada por algunos hechos precedentes.

Argentina había ganado el partido anterior en Barranquilla, 2 - 1. Y el célebre periodista, Edgar Perea, venía caldeando los ánimos nacionales y atacando con virulencia a los gauchos, tras la derrota y enfrentamientos verbales en tribuna. El clima, entonces ardía, mientras el juego con espíritu de revancha se tornaba bien sugestivo para que el mayor número de colombianos viajáramos a acompañar la selección.

Coincidimos muchos compatriotas amantes del fútbol en el mismo hotel, situado en pleno centro de Buenos Aires. Hasta allí llegaron un par de gigantes buses contratados, cuya capacidad copamos con mi hermano y demás colombianos que asistiríamos al Monumental de River Plate.  Durante el trayecto hacia el estadio, y de manera sorpresiva fuimos abordados por unos policías motorizados, quienes nos notificaron la prohibición de entrar al estadio nuestras banderas, distintivos y toda insignia que revelara nuestra identidad colombiana.

Ante la protesta generalizada nos permitieron portar la camiseta, pero matizada de alguna manera, y bajo la amenaza de que sería de nuestra responsabilidad entrar con enseñas que facilitaran advertir la nacionalidad. Luego en medio de motos con oficiales armados hasta los dientes, y apostadas a cada lado de los buses como llevando bandidos, arribamos al estadio, animándonos con cánticos y el amor patrio que nos inundaba.

La entrada al Monumental fue tal como nos la habían pronosticado. La gritería espantosa, cargada con toda clase de epítetos y vulgaridades del peor antro. La víctima superlativa fue la señora de un compatriota, quien se atrevió a llevarla a pesar de las advertencias. Creo que nunca en la vida esta señora había sido tan ultrajada y vejada, como lo fue en este inolvidable momento para todos.

Por cuestiones de boletería, quedamos con mi hermano separados del resto del grupo, y tampoco pudimos unirnos más tarde a una tribuna especial para los colombianos, a la que nos invitaban a través de los parlantes. Ese detalle nos impidió levantarnos a cantar con el corazón henchido los últimos 3 goles de Colombia, aunque un par de vecinos nos felicitaron por el equipo al terminar el partido.

El primer gol lo gritamos y nos abrazamos con toda el alma, antes de que su expresión máxima la ahogaran con berridos y amenazas.  Al segundo gol salté igual, pero caí sentado obligado por mi hermano quien me reclamada recato con frases como “cállate que nos van a matar”.

El tercero y el cuarto fueron casi en silencio temiendo lo peor. En el quinto decidí correr todos los riesgos impulsado por una emoción indescriptible y como dispuesto a morir por mi patria. Por fortuna, los argentinos ya estaban un tanto anestesiados e impotentes ante la tunda, y decepcionados con su selección, a quien esta vez dirigieron sus insultos.

Nos ordenaron salir de últimos del estadio, después de que habían apedreado el bus de la selección. No fue difícil saber del hotel en donde la noche anterior habían perturbado el sueño de los jugadores del equipo colombiano, y allí comenzó la celebración, dentro y en sus alrededores hasta altas horas de la noche.

En medio del jolgorio nos enteramos que a Edgar Perea, para poder narrar el partido le había tocado entrar al estadio disfrazado, y que en Colombia estaban celebrando como locos la hazaña para ser siempre recordada.

(*) Ingeniero Industrial M. Sc. Abogado.

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