El madroño del Barzal

Por: Leonel Pérez Bareño (*)

 

Junto a mi esposa y mis 2 hijas pasé la Navidad y el Año Nuevo de 1995 en Carimagua, el centro de experimentación científica localizado donde termina Meta y comienza Vichada. Justo frente al amplio comedor se hallaban varios árboles de madroño repletos de frutas amarillas, cual arreglo decembrino gigante iluminaba de un sol zapote el verdor infinito de la sabana llanera.

Allí científicos de varios países intentaban demostrar que la infertilidad de esos suelos abundantes y baratos podría ser derrotada. Encalar y añadir nutrientes era el comienzo. Lo otro, utilizar variedades apropiadas, domeñables y vecinas del territorio orinoquense: Pasto brachiaria, ciertas variedades de yuca, merey y árboles maderables como Pinus caribe y Eucaliptus pellita, podrían constituir la avanzada de la nueva conquista.

Orientados por su ejecutivo mayor, Jaime Triana Restrepo, de vez en cuando se reunían en plan de placer dentro de la piscina natural. Entre risas y anécdotas se mostraban llenos de confianza sobre la factibilidad de sus hipótesis respecto al área en cuestión.

Me despedí de una semana muy placentera con una bolsa llena de semillas, derivadas de las varias docenas de frutas que consumí en tan generosa oferta madroñera. Un poco más de 100 semillas traje a Villavicencio, de las cuales emergieron en mi almácigo varias docenas de arbolitos, los cuales distribuí por los pueblos del Llano. Era la época del Corpes Orinoquia, cuando las cosas eran o parecían ser más fáciles.

2 ejemplares de unos 30 centímetros (cm) fueron sembrados el 12 de octubre de 1996 en el barrio Barzal. El rito, sin igual, incluyó fiesta con fotos. Rodeado de una docena de funcionarios, abrimos el hoyo, surgió el abono e inició su viaje por la vida.

Baudilio Peña era el encargado de filmar y asegurar buenas fotografías. Ana María Silva, mi secretaria, muy diligente sostenía en sus manos los madroñitos. Con el fulgor de los decenios crecieron en silencio, dieron frutos y dieron sombra. Aún lo hacen, con mayor bondad y exuberancia.

Infortunadamente uno de los 2, que llegó a grande y tuvo fronda junto al borde del andén, al cabo de 10 años fue decapitado por el dueño de la casa contigua. A propósito de tan triste episodio, escribí un artículo en Llano 7 Días, titulado “Madroñicidio y tequicidio”, que aludía a la muerte por los mismos días del madroño y la de un árbol de teca que alguien sembró en el separador próximo al parque de los Estudiantes.

El madroño sobreviviente que nos ocupa, de unos 6 metros de altura y 40 cm de diámetro en su tallo, con muchas ramas hermosas, persiste en la avenida 38 No. 33 – 18 frente a “Labor Corporativa”. Es el cumpleañero que resiste fuerte los ventarrones del tiempo.

Un tercer arbolito, sembrado en el parque Bambú, ha sido golpeado por el exceso de agua y las bajas temperaturas, lo que le ha impedido crecer y dar frutos. Su altura solo alcanza los 3 metros.

El madroño que hoy cumple 20 años, aún conserva la canastilla metálica protectora que le fue puesta el día de la siembra, y que como perro fiel lo ha acompañado en su trasegar durante 2 decenios. Ya le estorba, le queda pequeña. Ya no necesita la protección que exigía en sus años de infancia. Debe ser quitada con una cizalla.

El madroño, cuyo nombre científico es Garcinia madruno, corresponde a una fruta originaria del bosque húmedo de América Central y Sur América, sus hojas son de color verde oscuro, sus frutos de pulpa blanca, suave, de leve acidez, son considerados los "mangostinos del nuevo mundo". Tolera suelos pobres y en general toma más de 7 años para dar frutos. En su juventud el madroño requiere protección de las heladas, pues no progresa en áreas frías o de mucha pluviosidad.

La directora de Cormacarena, Beltsy Barrera, junto a otros altos funcionarios oficiales, engalana la fiesta del árbol que vino del oriente metense para recordarnos la íntima relación entre el hombre y la naturaleza. Niños, jóvenes y adultos acudieron a la celebración este miércoles 12 de octubre a las 10 de la mañana. Fue una obra teatral sobre la bioética, en la que se exalta la relación de amor sin condiciones entre los seres humanos y su paisaje. Ambos ganan al por mayor.

De otra parte se da una curiosa jugarreta de la historia. Consiste en que el escudo de Madrid, la capital española, incluye un árbol de madroño, de otra variedad (Arbutus unedo), frecuente en el Mediterráneo europeo, cuyo fruto es muy parecido al nuestro, el tropical y llanero, sólo que presenta un delicado empaque rojizo dentro del dominante amarillo. Al respecto Wikipedia dice:

“No se sabe con certeza en qué momento se empezó a asegurar que el árbol del escudo era un madroño. Ha sido una tradición muy tenaz y muy firme. Para apoyar esta tradición, el Ayuntamiento de Madrid viene sembrando desde hace algún tiempo, en El Retiro y otros jardines el madroño (Arbutus unedo)”.

Como nuestro madroño del Barzal luce tan saludable, elegante y sombreador, y habida cuenta que es tan apreciado en todo el Llano araucano, casanareño, vichadense y metense, podría ser interesante, como lo hace Madrid,  reproducir con amplitud su presencia en las avenidas y calles de los pueblos y ciudades del Llano. Desde Carimagua podrían traerse semillas, además que el cumpleañero de Villavicencio es muy prolífero en sus cosechas decembrinas.

(*) Ex director del Corpes de la Orinoquia. Ex presidente ejecutivo de la Cámara de Comercio. Dirigente gremial.

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