Algunos apuntes sobre el coleo

|   Opinión

Por: Óscar Alfonso Pabón Monroy (*)

 

Estimo oportuno redactar este ensayo histórico relativo a un elemento representativo de la cultura popular llanera, que tiene añejas raíces en territorios de Colombia y Venezuela, las que a su vez están atadas a la península ibérica –siglos antes que los cables de la internet-.

Se trata del coleo, simbiosis de trabajo y recreación del hombre llanero.

La ganadería y su llegada a América y a los Llanos

Si hay que buscar a quiénes se les debe que en lugares de América haya surgido la tradición del coleo y de otros rudos oficios con semovientes, las pistas están entre los conquistadores y en los coloniales curas jesuitas que de España trajeron caballos y vacunos.

En lo referente a los Llanos de Colombia, la historia tiene ubicado a Gonzalo Jiménez de Quesada como el primero (1570),  puesto que desde Santafé de Bogotá y con el propósito de fundar pueblos, por caminos de indios bajó la cordillera con 1.100 caballos y 600 vacas con destino a los llanos de San Juan.

A los sacerdotes de la Compañía de Jesús les reconoce haber sido pioneros en la importación ¿Quizá de Barinas? de reses con fines comerciales, fundando sus haciendas Caribabare en Casanare (1661) y Apiay (1740) en los entonces llamados llanos de San Martín.

Puede deducirse que los clérigos para sus objetivos comerciales enseñaron a los servidores de sus propiedades las labores de crianza, pastoreo y procesamiento de subproductos ganaderos. Tanto sus haciendas como sus semovientes, rápido se multiplicaron en la tropical región.

Hay que decir que equinos y vacunos por igual formaron cimarroneras o mañoseras, y de allí en estado salvaje para domarlos los extrajo el llanero.

Sin lugar a dudas en las sabanas de estos territorios colombianos está la génesis del coleo a cargo de la primigenia raza llanera, que de este y otros oficios ganaderos más que un trabajo hizo su cotidiana recreación.

De las sabanas a los pueblos

Con el surgimiento de pueblos en los territorios llaneros y con ello la aparición de festejos populares en honor a santos patronos, los que en su mayoría tuvieron la condición de paganos, el coleo pasó de ser labor rural a formar parte principal de las programaciones citadinas.

Ello obligó a que a las pueblerinas destapadas calles con maderas y guaduas les taponaron sus intersecciones, o “boca calles”, convirtiéndose así en las primeras mangas de coleo.

Como estímulos para los jinetes triunfadores en cada jornada, se hizo costumbre que las reinas populares les estamparan besos en sus mejillas y les colocaron cintas de colores en sus hombros.

Cuando por vez primera supe que era el coleo

No puedo precisar si ocurrió culminando la década del 70 o al inicio de la del 80, cuando dentro del programa del Torneo Internacional del Joropo y del Festival de la Canción Colombiana, artísticos certámenes alternos con sede en Villavicencio se incluyó la primera tarde de toros coleados.

La ya reglamentada manga de madera con pocas graderías, la construyeron en los potreros ubicados frente al edificio de Cofrem, hoy sector comercial de la avenida 40.

Recuerdo que el texto de las pancartas promocionales de ese evento decía: “El trabajo del llanero hecho espectáculo”, frase que de manera clara y concisa resumía lo que representaba y representa el ejercicio del coleo.

Por mera casualidad, justo 1 mes antes de iniciarse el primer Encuentro Mundial de Coleo (Septiembre de 1997) en compañía de Jairo Ruiz Ch. y creo que del tocayo Caballero, en el bar de Guillermo, de la plazuela de los Centauros, unas cervezas compartimos con Julio Eduardo Santos Q. el emprendedor empresario de ese certamen, quien estaba ansioso por el resultado que su aventura pudiera tener.

Sin ser fanático de esa tradición regional colombo venezolana, además de Villavicencio en Meta he visto colear en Restrepo; La Primavera (Vichada), también en Orocué y Paz de Ariporo (Casanare); en el último municipio durante la tarde del 5 de enero de 2007 vi ejecutar esa faena al cantante de música llanera, Cholo Valderrama.

El coleo como fuente de inspiración

Los cancioneros colombo venezolanos de joropos están enriquecidos con centenares de cantos referentes al coleo, y muchos cantautores e intérpretes son también coleadores, de ahí que cuando cantan sus historias de coleo lo hacen con mucha propiedad y sentimiento.

En mi memoria reposa el recuerdo de la primera obra artística sonora de larga duración que escuché, en la cual se narran y cantan los momentos previos, pasando por la festiva jornada y el final del espectáculo de jinete, caballo y vacuno.

Su autor es el casanareño Jesús “Catire” Morales, quien hace unas 3 décadas compuso en Villavicencio y luego grabó en Venezuela su composición “El Coleo”, que tiene la duración de 20 minutos (Está en YouTube).

Al final el narrador dice lo siguiente:

“…siempre el pagano de todo es el toro o el novillo, que revolcaos contra el suelo son los que marcan la pauta de una buena jornada”.

Y la obra folclórica culmina con una voz infantil que pregunta “¿De quién es coleo?”,  inquietud a la que “El Catire Morales” le da la siguiente respuesta:

“El coleo es del Llano y el Llano no tiene fronteras, es tan nuestro como los corridos, el Merecure, el Pasaje, la Guacaba, la Cachicama, la Kirpa y otros tantos joropos de nuestra llanura…..”.

En el coleo no siempre el toro pierde

En el espectáculo del coleo por lo general la res es la que en veloz carrera resulta sometida por el ágil jinete. Esa regla en ocasiones se rompe, puesto que el enfurecido toro a veces da sorpresas nada agradables.

De lo anterior hablan los siguientes 2 textos literarios, en los que el caballo lleva la peor parte.

El primero corresponde a Freddy Salcedo, cantautor venezolano, quien en un fragmento de su melancólica canción Viejo soguero esto cuenta:

“Viejo soguero, viejo soguero porque usted no pica el cuero del toro sardo cachú,

El que me mató el caballo, mi caballo cabos negros

Cuando cogía cachilapos en sabana abierta a la luz de la luna de enero.

Caballo como el mío no había nacido, ligerito como el viento yo con él y él conmigo.

Caballo el toro no me dio tiempo, de anudar el cabo de soga por eso siento y lamento que estés retozando en sabanas del cielo”.

El segundo ejemplo lo encontré en la clásica novela La Vorágine de José Eustasio Rivera (1924). Es un episodio narrado con la peculiar riqueza literaria del autor huilense. La trágica escena Arturo Cova, personaje central de la novela, y su cabalgadura así lo cuenta:

“Adiestrado por la costumbre, diose a perseguir un toro barcino, y era de verse con qué pujanza le hacía sonar el freno sobre los lomos. Tiraba yo el lazo una y otra vez, con mano inexperta, más, de repente, el bicho, revolviéndose contra mí, le hundió a la cabalgadura ambos cuernos en la verija. El jaco, desfondado, me descargó con rabioso golpe y huyó enredándose en las entrañas, hasta que el cornúpeto embravecido lo ultimó a pitonazos contra la tierra”.

Exaltaciones al coleo

A la tradición cultural intangible colombo venezolana encontré que en las 2 naciones la han exaltado. Así mientras en Venezuela tiene himno propio, en Colombia el Comité Olímpico Colombiano, en 1998, lo elevó a la categoría de deporte nacional.

Colofón

Cierro mi escrito sobre el coleo, bien patrimonial intangible de la cultura llanera, diciendo que es tan fuerte la popularidad de esta histórica faena de la economía ganadera regional, que en territorios nuestros de influencia andina antes que polideportivos sus mandatarios construyeron mangas de coleo.

Particulares son los siguientes ejemplos: en La Macarena (Meta) en el año 2001 vi que sus espacios públicos incluían la manga, y que el pueblo tenía su propio club de coleadores.

En el histórico y cordillerano pueblo de Támara (Casanare) en 2010 para poder hacer la manga de coleo con medidas casi reglamentarias en la zona más plana del casco urbano, tuvieron que rebanar una loma. La tamareña manga se llama “Cerro bravío”.

(*) Comunicador Social comunitario.

Coleo en la calle de los pueblos llaneros.

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