La necesidad de escucharnos

|   Opinión

Por: David Sáenz Guerrero (*)

 

La cantidad de aparatos electrónicos dispuestos para la información puede generar la sensación de comunicación. Sin embargo, se está perdiendo un órgano vital para que la comunicación sea verdadera y significativa: el sentido de la escucha. La enfermedad que tiene agonizante a la comunicación tiene distintos síntomas.

En primer lugar vivimos en una sociedad atraída por el espectáculo y los eventos, llenos de pomposidad y algarabía, que demeritan la actitud de escuchar al otro, la cual está revestida de sencillez. Generalmente se tiende a pensar que escuchar es aburrido, poco entretenido, y por consiguiente escasamente llamativo como para captar nuestra atención. -Aunque no siempre es así, pues en numerosas ocasiones se escucha con deleite morboso comentarios hirientes, racistas, machistas y sexistas.

Por otra parte escuchar al otro no es sencillo, es una tarea que requiere atención y disposición. La periodista estadounidense, Celeste Headlee, señaló que una persona en promedio dice 275 palabras por minuto y que hay incluso personas que pueden llegar a pronunciar hasta 500 palabras. Ante el reto que surge de combinar y dar sentido a todas esas palabras, se deduce que el escuchar al otro es una tarea que indudablemente necesita de la atención, y si esto no se logra, simplemente no se está escuchando, solamente se percibe un ruido que acompaña un encuentro.

Escuchar al otro también es un acto de humildad. Muchas veces no escuchamos incitados por nuestra tendencia a imponer nuestro ego, nuestras creencias, nuestras ideas políticas o infortunadamente, se escucha para encontrar armas que ataquen y disminuyan al otro.

Sumado a eso escuchar al otro también significa reconocerle, pues cuando no se le escucha simplemente se le invisibiliza, y además se le transmite el mensaje de que no tiene nada que decir.

Para colmo escuchar al otro es una tarea tan difícil, que se prefiere recurrir al exterminio de una población con una bomba o con armas, que sentarse a la mesa a escuchar y a buscar puntos de encuentro.

¿Cuántas muertes nos hubiésemos evitado al privilegiar escuchar a la contraparte? ¿Cuántas amistades no se hubiesen deteriorado al disponer nuestro tiempo y nuestra atención para prestar atención a las inquietudes y urgencias del otro?

Bien diría el pensador inglés, Timothy Radcliffe: “La amistad significa que vemos a través de los ojos del otro, es receptividad y atención a la experiencia del otro, y se toman absolutamente en serio las intuiciones y las dudas del otro”.

Con base en eso podríamos concluir que la única manera de tomarse absolutamente en serio las intuiciones del otro es escuchándolo, no comprándole un obsequio o enviándole un mensaje a través de alguna de las redes sociales que aparentemente nos comunican.

Finalmente en un país en donde se ha legitimado la violencia en todas las esferas de la vida pública y privada, valdría la pena que recuperáramos, si es que alguna vez la hemos tenido, la facultad de escuchar, pues de esta manera llegaríamos a convivir mejor con el otro.

(*) Docente.

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