Elogio de las comillas

|   Opinión

Por: Sérvulo Velásquez (*)

 

El decálogo del perfecto cuentista de Horacio Quiroga, tan útil para el aprendiz y el practicante del género, plantea no obstante en su tercer mandamiento, precepto bastante discutible: “Resiste cuanto puedas a la imitación, pero imita si el influjo es demasiado fuerte”. Con ese criterio tan laxo, el escritor puede, con facilidad, caer en la forma extrema de la imitación, el plagio.

Fue lo que le sucedió a Mario Vargas Llosa en sus Consejos a un joven novelista donde sugiere: “Solo quien entra  en literatura como se entra en religión, dispuesto a dedicar a esa vocación su tiempo, su energía, su esfuerzo, está en condiciones de llegar a ser verdaderamente un escritor y escribir una obra que lo trascienda”.

Exactamente lo mismo, y con idéntico fervor, había escrito antes la poetisa, María Vásquez Benarroch: “Solo quien entra en poesía como se entra en una religión, dispuesto a dedicar a esa vocación su tiempo, su energía, su esfuerzo, está en condiciones de llegar a ser verdaderamente un poeta y escribir una obra que lo trascienda…”.

Lo leí en un interesante artículo titulado Collage sobre los decálogos para escritores, escrito por Darío Jaramillo Agudelo, en la revista El Malpensante, número 125, publicada en noviembre de 2011, página 30. En la misma publicación encontré los siguientes preceptos de Fernando Aínsa (Los 10 mandamientos del escritor): “No llamarás palimpsesto intertextual a la simple copia banal…No eliminarás las comillas de las citas ajenas”.

Con relación a este signo de puntuación, conviene aclarar que su verdadera función es la de encerrar las oraciones reproducidas de manera textual. No se usan para destacar palabras, caso en el cual lo aconsejable es el empleo de otro tipo de letra como la cursiva.

Bienvenidas, entonces, las comillas y con ellas, las citas, en “dosis amistosa”, como dijo Ernesto Sábato en su ensayo Uno y el universo. Unas y otras protegen al escritor de las asechanzas de la imitación, de la que otro escritor, Jacinto Benavente previno con las siguientes palabras:

“Bienaventurados nuestros imitadores porque de ellos serán nuestros defectos”.

(*) Docente.

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